Los siguientes poemas inéditos
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PANTOCRATOR
Es dulce el sonido
de la Magnolia de Azúcar
atravesando mi mente al despertar,
entonces... ¿Por qué tengo miedo?
He dejado atrás un sueño
transitado de colmillos de elefante
y saltos de pértiga
¡ Marfiles y elipses ¡
¿ Por qué tengo miedo?
Corto el pan y me lo como
me anudo los zapatos y camino
entonces... ¿ Por qué tengo miedo?
La niña harapienta de tristísimos ojos azules,
la que vendía claveles desvanecidos,
se eleva sobre mi razón que aun dormita
y, como una virgencita de recordatorio,
me bendice.
¿A qué tengo miedo?
¿A la claridad amortajada del alba?
¿Al azafrán que tiñe la túnica del visitante desconocido?
¿Por qué tengo miedo?
En el páramo de las bienaventuranzas baldías
nos encontraremos los hombres de ánimo desarmado
Y aunque se nos nuble la vista
por el peso de la aflicción
sabremos reconocernos unos a otros
y en silencio, en un silencio de palabras muertas
pasearemos nuestros recuerdos
esos que llenan el vacío presente
y rezaremos
cien plegarias.
El moho recubre las láminas de pan de oro que enmarcan la
imagen de Dios
¿Por qué tengo
miedo?

©
J.I. LAPIDO
"DEJAD
QUE HABLE LA LLUVIA"
Todas las mañanas
son plomo de rutina
es más, todas mis mañanas nacen muertas
entre el soplo de los abanicos soñados
y una sinfonía monocorde de mil tubos de escape
que me devuelve al mundo real
mientras veo hacerse humo los esquejes
de inconsciencia y de locura
que planté por la noche.
Las miradas inocentes,
las primeras del día
desde su cárcel de antenas y pararrayos
quieren volver a la oscuridad
gritando lágrimas: ¡A la oscuridad!
con los animales mitológicos,
con las supersticiones,
con las cajitas de música de nuestra infancia imaginaria;
pero ese es un jardín nocturno (cierra al salir el sol)
y sólo me queda el consuelo de ver
el cielo enmarcado por las ventanillas de los automóviles
y del agua que vendrá
en un bautizo profano a despertarnos.
Ya lo dijeron en otro tiempo los caminantes de los tejados
aquellos que apuñalaban nubes:
¡Dejad que hable la lluvia!
Busco por los rincones
La brisa que no encuentro ahí fuera,
La que haría ondear banderas blancas
Si no fueran balas lo que oímos silbar,
En la que se mecerían las libélulas
Si no fuera paranoia lo que flota en el aire.
¡Ay! La Geometría
mi último refugio.
Desde que olvidé mis sueños amnióticos,
Cuando nadaba dormido en las entrañas de mi madre,
Sólo veo ángulos rectos
y en el espejo, a Sísifo en el siglo XX.
Los días son quemaduras
Y las noches museos arqueológicos
Esperando la tormenta
La purificación
El renacer.
Ya lo dijeron en otro tiempo
Los orfebres ciegos que tallaban el becerro dorado:
Subid el volumen de los sentimientos
Hasta que sean inaudibles las razones
y...¡Dejad que hable la lluvia !
-Dejad que hable la lluvia -,
ahora lo digo yo.

© José Ignacio Lapido
SIESTA
El viento extenuado de la tarde
ha removido esas
hojas secas que son
la medida universal
de platino e iridio
de nuestra memoria.
En el fondo de
un estanque de aguas limpias
están los cuentakilómetros,
las anfetaminas y las estridencias
como los insectos
prehistóricos en gotas de ámbar.
Los gorriones
picotean las migas de pan,
y las visiones
vertiginosas de los tubos de neón
son, ahora, una
llovizna antigua que nadie recuerda.
El balanceo de
la hamaca tiene color de otoño
y el crepúsculo
llega con un curioso vaivén
que me hace asentir
a todo
como diciendo:
“Sí, es verdad”
aunque sea mentira.
En este porche
colonial todas las siestas son de otro siglo
y los pequeños
sueños inacabados
son las toperas
que minan el atardecer.
Si os digo que
sé predecir vuestro futuro
me diréis que
soy un charlatán;
pero si os muestro
el vacío tal y como vendrá
todos guardareis
silencio.
Cuando oí que
en los telares ya sólo se tejían mortajas
pensé en el polen
milenario de las tumbas egipcias
¿Quién le aplicará
el Carbono 14 al tedio contemporáneo?

© J.I. LAPIDO